Bakary Jaiju tenía 19 años cuando se subió a un bote de madera en Gambia y zarpó rumbo a Europa. Pasaría siete días angustiosos en alta mar mientras sus provisiones de comida y agua se agotaban gradualmente.
«Ni siquiera puedes dormir por miedo a caerte al agua», recordó, ahora en Tenerife tras haber llegado finalmente a las Islas Canarias a finales del año pasado en busca de una «vida mejor».
«Decidí irme, sobreviviera o muriera, porque quiero que mi familia esté bien», dijo Jaiju, explicando por qué dejó atrás a su esposa y a su bebé y se arriesgó a navegar por las traicioneras aguas del Atlántico.
En los pocos meses transcurridos desde que llegó a este extremo más meridional de Europa, cientos de personas han muerto intentándolo.
Es su difícil situación, y las dramáticas historias de aquellos que logran salir adelante, lo que el Papa León destacará durante su visita a las islas españolas, que comenzó en Gran Canaria el jueves.
El enfoque del Papa constituye un claro contrapunto a lo que en otros lugares se habla de una «crisis» migratoria y una «invasión ideológica».
EPALos datos del ACNUR muestran que el número de migrantes que llegan a España por mar ha disminuido significativamente este año, en parte debido al aumento de las interceptaciones frente a la costa de África Occidental, financiadas por la UE.